Escoger — el eslabón que no se rompe

Llegamos hasta aquí por espejos. Cuatro, para ser exacto — y el orden no fue casualidad—. Primero el rincón, ese cuarto de miseria donde uno se ve por primera vez sin decorado. Luego el animal, al que aprendimos a llamar por su nombre sin miedo y sin odio, para evolucionarlo en vez de matarlo. Después el amigo, con la cizaña que crece a su lado hasta que espiga — porque los frutos, no las palabras, revelan quién es—. Y al final el arte de estar aquí, right on the spot, plantado en el único instante que de verdad se tiene. Cuatro espejos, cuatro veces que te viste sin poder mentirte. Pero si caminaste conmigo hasta este punto, ya sabes lo que ningún espejo te va a decir: verte no es sostenerte. Puedes conocerte de memoria y aun así venirte abajo. Falta la decisión. La de verdad. La única.

Déjame contártela desde donde la entendí, que es donde entiendo casi todo: desde una obra. Cuando quieres levantar algo que dure sobre un suelo malo — y casi todo suelo interesante es malo: blando, movedizo, de relleno—, no puedes sentar el cimiento sobre la primera capa firme que aparece, porque esa firmeza es prestada: aguanta hasta que llueve. El ingeniero honesto hace otra cosa: hinca pilotes hacia abajo, atraviesa el barro, y no se detiene hasta topar con el estrato que no cede — la roca madre, lo que estaba ahí antes que tú y seguirá estando después—. El cimiento no se apoya en el suelo que ves; se apoya en lo que hay debajo del suelo. Esa es, palabra por palabra, la lección que te quedé a deber en el capítulo del Amigo, cuando te dije al pasar que un cimiento, por duro que parezca el suelo, debe sentarse en estructuras de mayor fuerza — y te prometí que el tema de aquel día no era ése—. Hoy sí lo es. Hoy pago la deuda.

Porque toda mi vida busqué apoyo en la capa de arriba. En el amigo que me devolvía el halago. En la ronda que me confirmaba. En la validación de gente que jamás venció sus propios miedos. En mi propio ego, que es el más barato de todos los aduladores porque no cobra entrada. Ya vimos cómo termina eso: el día que cargas tu peso completo, el bastón se rompe. La cadena revienta siempre por el eslabón más débil, y yo me pasé años forjando cadenas de eslabones prestados. Por eso la pregunta que cierra este libro no es cómo conseguir eslabones más fuertes. Es más simple y más terrible: ¿existe un eslabón que no se rompa nunca? Un apoyo que no sea bastón. Uno que, cuando le pongas encima el peso entero de una vida, no ceda — porque no está hecho de ti ni de nadie que pueda fallarte—.

Aquí voy a cuidar cada palabra, porque piso el suelo donde más resbala este libro. No vengo a venderte una respuesta; vengo a confesarte la mía. Para mí ese estrato firme, esa roca madre debajo del barro, es el acercamiento divino. No lo digo como sentencia ni como doctrina: lo digo como quien reporta el resultado de un experimento largo y mal diseñado que fui yo mismo. Este no es un libro religioso — es un libro de filosofía y del ser—, pero ya te lo confesé con Nicodemo y no me desdigo: yo, particularmente, soy creyente; creo que siempre lo he sido y siempre lo seré. Y la única elección que en toda mi historia me resultó verdaderamente prudente fue elegirlo a Él. «Con Dios todo, sin Dios nada», decía una expresión de mi tierra que de niño oí sin entender y de adulto entendí sin querer. Si tu roca lleva otro nombre, no vengo a discutírtelo. Solo te exijo lo que la obra me exigió a mí: que no la busques en la capa de arriba. Que caves hasta algo que no dependa de tu fuerza — ni de tu suerte— para sostenerte.

Fíjate en el verbo, porque en él está escondido el capítulo entero. Elegir viene del latín eligere — ex-legere, leer hacia afuera, apartar leyendo—: el mismo gesto de distinguir el trigo de la cizaña por su espiga. Y decidir viene de decidere, de caedere: cortar. Decidir es cortar. Toda decisión verdadera amputa el menú. Y aquí está mi pleito con casi todo lo que hoy llaman libertad: nos vendieron el libre albedrío como una carta de restaurante infinita, como un scroll que nunca termina, y a esa parálisis disfrazada de abundancia le pusimos el nombre de libertad. No. Tener todas las opciones abiertas para siempre no es ser libre — ésa es la industria donde trabaja el «yo futuro», el reino del mañana lo hago—. El libre albedrío es el acto de cortar hacia una sola cosa. No un menú: un tajo. Y de todos los cortes posibles, el que a mí me sostiene no es escoger esto o aquello. Es escoger la Luz. Escoger a Dios por sobre todas las cosas — no como una opción más de la lista, sino como el corte que ordena la lista entera—.

No me malentiendas, que aquí es fácil. Esto no es la gracia que cae sobre un hombre dormido, ni el músculo que se levanta solo. Ya lo dijimos: el renacer es co-creación, contrato de dos partes. Dios cumple con la fuerza divina de permitirte amanecer cada día — el regalo bruto de un día más, el viento que sopla de donde quiere—. Pero eres tú quien tiene que actuar. Tú quien corta. Tú quien pone el peso sobre el pilote y no sobre el bastón. Por eso el renacer de Nicodemo no fue un rayo: fue noche, medio paso, luz plena — «se va renovando», en gerundio—. Y por eso escoger a Dios tampoco es una firma que estampas una vez. Es una decisión que se practica cada mañana, con las mismas herramientas humildes que ya conoces, las que aprendí a llamar decisiones de Luz: escucharte en vez de escuchar a quien no importa; nombrar la niebla; decidir hoy, no mañana; y repetir. La diferencia es que ahora el peso de esos actos ya no descansa en ti solo, temblando: baja por el pilote hasta la roca. Escoges — y no lo cargas todo tú—. Ese es el eslabón que no se rompe. No porque tú te hayas vuelto de acero, sino porque por fin te ataste a algo que no depende de tu fuerza para sostenerte.

Y déjame aterrizarlo, porque la roca madre no vive en un cielo abstracto: vive en una cocina. Se me revela en Sarahi, cuando el día vino torcido y su calma no cede — no porque finja, sino porque está sentada sobre algo más hondo que el ánimo del día—. Se me revela en Ivania —en esa fe que los hijos te tienen antes de que te la merezcas, y que te obliga a merecerla—, en mis hijos y en toda mi familia. Y quiero dejar un agradecimiento aparte, con nombre propio: a mi sobrina Nancy. Hace un tiempo, cuando mi madre enfermó, me escribió una carta que me nombró una propiedad que yo nunca me había reconocido: la de ser alguien capaz de ofrecer atención y de cuidar. Me devolvió un sentido de pertenencia que nunca creí tener —me faltaba atención, me faltaba habitarme—, pero que, según ella, siempre había estado conmigo. No hace falta un ojo avizor, ni ser muy letrado, ni esperar hasta el último peldaño de la escalera para descubrir que lo más importante ya vive dentro de uno. No te doy yo la conclusión: búscala tú, dentro de ti. La clave está en la sensibilidad, en la observación, en el cuidado, en cultivarte. Esa carta, sin proponérselo, me invitó a escribir este libro — no por ella, sino por mí—. Se me revela hasta en el laboratorio, de madrugada, cuando algo por fin funciona y me descubro dando las gracias en voz baja a alguien que no está en el organigrama del proyecto. Escoger la Luz no me sacó de la obra ni me quitó los suelos malos — sigo levantando cosas sobre barro, como todos—. Solo cambió dónde apoyo el cimiento. Y esa diferencia, que por fuera no se ve, por dentro lo cambia todo.

Así que aquí termina el mapa y empieza lo tuyo. Ya te viste en los cuatro espejos; ya no puedes decir que no sabías. Queda el único acto que ningún libro puede hacer por ti: cortar. Escoger. No mañana — hoy—. Yo no puedo cavar por ti, y no lo haría aunque pudiera: un cimiento prestado es solo otro bastón. Pero si al cortar sientes que ya no cargas solo el peso que antes te doblaba, entonces encontraste el eslabón. Piensa, y cuida tus pensamientos. Decide, y cuida hacia dónde cortas. Escoge la Luz, y deja que sostenga lo que tú ya no tienes que sostener solo. Llegaste como individuo; te vuelves hombre el día que sabes en qué roca te paras. Y la roca — si me creíste al menos esto— no eras tú. Pero tampoco te dejó nunca solo.

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Escoger — el eslabón que no se rompe