Consejos vendo y para mí no tengo

«¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él.» — Proverbios 26:12

Déjame llevarte a una sobremesa. Cualquiera sirve, porque la escena se repite igual en todas las casas, con distinto mantel. Ahí está el tío del dinero — ese que, según él, todo lo hace bien y todo lo sabe, y a quien nadie contradice porque paga la cuenta —; sentencia de política, de medicina, de crianza y de negocios en el mismo aliento, y de todos los temas es autoridad porque de ninguno tiene duda. Enfrente está la tía que siempre tiene algo que decir y nunca sabe nada de veras: mete las narices en todo, pero de nada entrega pruebas, referencias ni fuentes; su bibliografía entera son «un pariente, un amigo, o el conocido de un amigo», y en el fondo está convencida de que toda la gente está en su contra o, en el mejor de los casos, apenas a su nivel. La llamo, para que no se me pierda entre tantas tías, la tía Opinóloga — la del conocido de un amigo—. Y así el resto de la mesa: cada quien con su cátedra improvisada, cada quien portador de la verdad, cada quien seguro de que la vida es solo cuestión de hacer tal o cual cosa. Siempre tenemos el comentario positivo, el consejo listo, la fórmula exacta para la vida ajena. Y sin embargo — y aquí es donde el capítulo deja de señalar y empieza a confesar, porque yo he sido cada uno de ellos— no somos capaces de resolver la nuestra.

Ahí está el retrato entero, y le debo un nombre, porque la lengua popular ya se lo puso y el nombre es media tesis. En mi tierra a esta figura la bautizaron con un mote vulgar, y lo escribo entre comillas y con guantes: el «don vergas» — el que todo lo puede, el que todo lo sabe, el fanfarrón de vocabulario subido de tono—. Y aquí mismo hagamos un trato, tú y yo: este término va a vivir solamente en este capítulo — el resto del libro no habla así y no pienso cambiarle el registro por un chiste—, y lo vamos a usar con el debido respeto, porque no lo traigo para burlarme de nadie: al final, el don vergas también fui yo. Y en muchas ocasiones todavía me nace la necesidad de querer serlo; pero ahora, consciente y despierto, ahora que habito mi vida, cuido no actuar incisivamente — no actuar como el animal, sino construir, crear y habitar con amor y con delicadeza—. El mote queda asentado en el acta, porque el propio nombre delata el mecanismo, y eso vale más que la incomodidad. Samuel Ramos ya lo había diagnosticado en 1934, en El perfil del hombre y la cultura en México: el «pelado», decía, leyendo a Alfred Adler, es el hombre que compensa un sentimiento íntimo de inferioridad con explosiones verbales de predominio, y no es casual que su vocabulario de bravata sea justamente el fálico — que asocie hombría, potencia y valor en la misma palabra gritada—. Es decir: el que se deja llamar así no está proclamando su fuerza; está tapando, a gritos, una insuficiencia que nunca se atrevió a examinar. La fanfarronería no es exceso de confianza. Es una herida vendada con ruido. Guárdate ese dato, porque cambia la manera de mirar a toda la sobremesa: no son enemigos a los que ganarles la discusión — son gente que tiene miedo, igual que tú, y que encontró un disfraz más ruidoso—.

Y como el tío del dinero de la primera escena era él — claro que era él—, déjame presentarte al don vergas como se presenta él solo, en tres o cuatro escenas que valen un expediente. Presume de pagar las cuentas y presume de tener dinero — las dos cosas, y en ese orden, porque la cuenta pagada tiene testigos en la mesa y la fortuna, en cambio, hay que declararla a cada rato para que exista—. Llega siempre en un carrazo, aparentando ser otro — el coche entra primero y él entra después, sosteniendo el personaje—; pero acércate un poco y aparece el tacaño: dice tener dinero y, cuando visita a la familia para una boda, no paga ni un cuarto de hotel — se acomoda donde caiga, con el pretexto puesto desde antes de bajarse del coche—. Vive comiendo latas y racionando la comida, porque el dinero, dice, es «para cosas más importantes» — aunque nunca sabremos cuáles son, porque su salud, desde luego, no está en la lista—. Jamás se cuida: ni un estudio a tiempo, ni una caminata, ni una noche bien dormida — cuidarse cuesta, y él no gasta en lo que no se ve desde la banqueta—. Y el tiempo, que no discute con nadie, eventualmente le cobra la función completa: enferma. Guarda esta última escena, porque no es un detalle del personaje — es la tesis de este capítulo esperando su turno—.

Hay un refrán castellano que resume el oficio de esta gente mejor que cualquier tratado, y por eso le presta el nombre al capítulo: consejos vendo, y para mí no tengo. Ahí está completo el vicio — el auto-consejero que reparte sabiduría a domicilio y vive en la intemperie de su propia casa—. No es un descubrimiento moderno: el proverbio ya era viejo cuando Jesús lo citó en Nazaret — «de cierto me diréis este refrán: médico, cúrate a ti mismo» (Lucas 4:23)—, y Pablo se lo lanzó a la cara al maestro que no se aplica su lección: «tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?» (Romanos 2:21). Los fariseos son el retrato mayor de esta galería: «dicen, y no hacen — atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas» (Mateo 23:3-4). Reparte la carga, cobra el consejo, y no mueve un dedo en la suya.

Y lo desconcertante es que este vicio no es tontería — les pasa a los listos, a los inteligentes; y no se limita a ellos: le pasa a toda la gente, sea consciente de ello o no, y esa es una de las afirmaciones de este capítulo—. La psicología lo midió sin piedad y con nombre propio. El efecto Dunning-Kruger (Kruger y Dunning, 1999) demostró que los menos competentes en un terreno son, precisamente, los que más sobreestiman su competencia, porque la misma habilidad que les falta para hacerlo bien es la que necesitarían para darse cuenta de que lo hacen mal — el que no sabe, no sabe que no sabe—. Y hay un hallazgo todavía más fino, la paradoja de Salomón (Grossmann y Kross, 2014): las personas razonan con más sabiduría los problemas ajenos que los propios — más humildad, más perspectiva, más prudencia cuando el lío es de otro—. La bautizaron con el rey más sabio de Israel, que arruinó su propia casa (1 Reyes 11): consejero brillante del reino entero, desastre bajo su propio techo. Es mi tesis con bata de laboratorio — somos buenos aconsejando y malos viviendo, y no por hipócritas, sino porque desde dentro no nos vemos—. Santiago lo había dicho con una imagen que no he podido superar: el que oye la palabra y no la hace «es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural, porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era» (Santiago 1:23-24). El don vergas se mira todos los días — se auto-aconseja sin descanso— y todos los días, al voltearse, olvida su propia cara.

Octavio Paz nombró el disfraz nacional de esto en El laberinto de la soledad: el culto a la máscara, al «no rajarse», a la apariencia sostenida ante el qué dirán. Y ahí, en la máscara de Paz, está la frase que le da a este capítulo el corazón del libro entero: cuidan el qué dirán, pero no cuidan su tiempo; cuidan las apariencias, pero nunca cuidan sus pensamientos. Cuidan la estética, la decoración de la casa, el coche, el reloj — pero nunca cuidan sus acciones—. Es una vida opacada, pulida por fuera y sin pulir por dentro, y por eso mismo la fiesta planeada tiene que seguir aunque no aporte nada al crecimiento de nadie: cancelarla sería admitir que algo no está bien, y admitirlo está prohibido en esa casa. Aquí el título de este libro deja de ser un lema bonito y se vuelve un diagnóstico: el don vergas es, exactamente, el hombre que cuida todo menos sus pensamientos. Y no hace falta que confiese nada, porque sus hábitos lo revelan — siempre lo ponen en evidencia—. La tía Opinóloga puede hablar horas sin decir nada — eso que la lengua bautizó, con justicia poética, cantinflear, hasta meterlo al diccionario—; pero basta ver qué repite, con quién se junta y en qué gasta su atención para saber quién es. Los frutos hablan aunque la boca disimule. (De la viga en el ojo propio mientras se busca la paja en el ajeno hablaremos en su lugar, con el Amigo; aquí basta con que se asome a la mesa: todos la traemos, y casi nadie la mira.)

Porque el problema, hay que decirlo con cuidado, no está en cometer errores — errar es de la etapa, todos estamos en desarrollo y no vine a regañar a nadie por no haber llegado—. El problema está en nunca cambiar; nunca revisar por qué creemos lo que creemos, por qué tenemos las ideas que tenemos, por qué nos gustan las cosas que nos gustan. Jamás lo cuestionamos. La idea entró un día sin pasar por aduana — nadie la revisó, nadie la pesó— y con los años la hicimos parte de nosotros, y ahora defenderla se siente como defendernos. Sócrates dejó dicha la sentencia madre de todo este capítulo — «una vida sin examen no merece ser vivida»— y conviene recordar que no la soltó en una sobremesa cómoda: la dijo en su juicio, jugándose la vida, porque para él examinarse no era pasatiempo, era la forma misma de estar vivo. Epicteto lo aterrizó a la altura del día: «no son las cosas las que perturban a los hombres, sino las opiniones sobre las cosas» — y la opinión no examinada, esa que se metió sin permiso y se volvió identidad, gobierna desde la sombra sin rendir cuentas a nadie—. Tiene hasta nombre técnico eso de tragarse entera una creencia ajena sin masticarla: los psicólogos la llaman introyección — comer sin digerir—. Y por eso duele examinar lo que ya es «parte de nosotros»: no se siente como revisar una idea, se siente como una traición a uno mismo. Pero mientras no la revises, no la elegiste tú — la eligió alguien más y tú solo la cargas—.

Y aquí este capítulo me debe una confesión más honda que las anteriores, porque hasta ahora he confesado haber sido el de la cátedra improvisada — pero también estuve del otro lado de la mesa, y de ese lado casi nadie habla. A lo largo de mi vida hubo gente que me trató mal, en los negocios y en las relaciones personales: abusivos, gente que tomó ventaja, gente que usó un acuerdo pequeño — una concesión menor, un favor firmado con prisa— para después sacarme más ventajas y más beneficios, como quien mete el pie en la puerta y luego se muda con todo y muebles. Yo le puse a aquello un nombre casi contable, para poder cargarlo sin envenenarme: lo llamé mi «recomposición financiera». Acepté los cambios y acepté los términos — no porque no viera la jugada, sino porque decidí resolver mis problemas con amor y con atención, y esa decisión valía más que lo que la jugada me quitaba—. Con el tiempo entendí que quizá era una condición de mi ser la que mantenía ciertas prudencias: pagué con dinero lo que otros cobraron con maña, porque siempre fui desprendido — espléndido, si quieres la palabra de mesa: el dinero nunca fue mi dios, y soltarlo me costó siempre menos que ensuciarme—. Y gracias a las oportunidades que la vida me fue poniendo enfrente, pude resolver cuidadosamente cada una de esas cuentas, sin pleito de por medio y sin rencor guardado en la bodega.

Pero que nadie confunda mi desprendimiento con amnesia, porque de esos años me quedó una convicción que no he podido — ni querido— soltar: hacer daño se paga. Abusar de la confianza se paga. Tomar ventaja del otro — laboral, personal o financiera— se paga. En mi casa lo digo con una frase que no está en ningún tratado, y la dejo aquí tal cual la digo: «si te portas mal, por eso se te revienta la vena.» Y la frase tiene dueño, aunque no lleve nombre. Conocí de cerca a un hombre ventajoso — encajoso, de los que cobran cada favor y facturan cada gesto, de los que convierten cualquier acuerdo en una palanca—. Se cuidaba, además, como pocos: comía bien, se ejercitaba, presumía de saludable. Y un día, a edad temprana, se le reventó la vena — un derrame fuerte, de los que parten una vida en antes y después—, y hoy vive las repercusiones de aquel modo de vivir encajoso, ventajoso y abusivo. ¿Puedo demostrarte que una cosa causó la otra? No, y no voy a fingir que sí.

Por eso debo pedirte una pausa de honestidad, con el mismo cuidado con que te presenté la saudade — porque esto que sigue es visión mía, no medicina, y te lo marco con todas sus letras—. Yo estoy convencido de que la vida desalineada no se queda en el alma: de que cuando vivimos lastimando a tantos sin darnos cuenta, cuando no vivimos con amor y con respeto, el cuerpo se nos desalinea, se derrumba, y hasta nos rechaza; personalmente lo he llegado a pensar incluso de las enfermedades más duras — y de la vena reventada de aquel hombre—. Pero no puedo — y no quiero— venderte eso como ciencia, porque la ciencia dice otra cosa y en esta casa las fuentes se declaran. La literatura que durante los años ochenta y noventa quiso ligar la personalidad con causar cáncer resultó ser uno de los mayores fraudes de la psicología académica: una investigación de King's College London en 2019 declaró «no confiables» decenas de aquellas publicaciones, y los estudios serios de decenas de miles de personas no encuentran relación entre el carácter y el riesgo de enfermar de cáncer. Repetir esa causalidad sería mentir, y sería peor: sería echarle la culpa de su enfermedad a quien hoy la padece — «¿a quién lastimé yo?» —, y este es un capítulo amoroso, no un tribunal. Lo que sí está demostrado, y es bastante, es su prima hermana: el estrés crónico degrada de forma medible las defensas del cuerpo (hay meta-análisis de cientos de estudios que lo sostienen), y la vida en conflicto acumula un desgaste fisiológico real — la llaman carga alostática—. La angustia sostenida, el rencor rumiado, la mentira mantenida no se quedan en la conciencia: cobran en presión, en sueño, en inflamación, en inmunidad. Y fíjate bien en el orden de la cadena, porque es el orden del lema de este libro leído por su lado oscuro: la mente y los malos hábitos fallan primero; el cuerpo enferma después. El pensamiento descuidado define el acto — el rencor pensado ya es rencor actuado—; el acto repetido se convierte en hábito — la lata de cada noche, la apariencia de cada fiesta, la ventaja de cada acuerdo—; y el hábito, ese que ya no pide permiso, es el que un día se sienta a negociar con el cuerpo — y el cuerpo siempre cobra al final, porque es el último de la fila y el único que no sabe hacerse de la vista gorda—. Por eso el don vergas enferma al final de su propia película, y no por mala suerte: llegó a esa cama por la puerta de sus hábitos — la comida racionada «porque el dinero es para cosas más importantes», la salud jamás atendida, la apariencia siempre primero—. Y por eso el hombre de la vena reventada llegó a la suya por la otra puerta — cuidaba el cuerpo y descuidaba el modo de vivir—. Dos caminos distintos a la misma cama, y los dos empezaron donde empiezan todos: en los pensamientos que nadie estaba cuidando. Quédate con la versión que tu escepticismo te permita — la mía o la de los meta-análisis—; cualquiera de las dos dice lo mismo: el cuerpo factura la vida que no cuidas, y el don vergas paga esa cuenta aunque jure que está sano y aunque presuma que le sobra con qué pagarla.

Yo pedí ayuda para esta parte, y la pido aquí con nombre: quiero filosofar contigo, un poco, entre la vida, el cuerpo, la mente y el alma — porque creo en la existencia del ser más allá de la vida, y quiero llevarlo a este libro sin volverlo un tratado ni un sermón—. Sígueme con calma, que vale la pena.

Empiezo por la raíz, porque la raíz lo ordena todo. El Génesis no dice que el hombre tenga un alma; dice que el hombre es «un ser viviente» — en hebreo, néfesh—: no un fantasma metido en una máquina de carne, sino una unidad viva, indivisa. Eso lo cambia todo para este libro: si somos una sola cosa, entonces cuidar los pensamientos no es higiene mental, un lujo de la cabeza — es cuidado del ser entero—, y una vida desalineada enferma al conjunto porque el conjunto es uno. Por eso el cuerpo factura lo que la mente descuida.

La tradición, es justo decirlo, discutió durante siglos cómo se arma ese ser, y no vengo a cerrar la disputa sino a mostrártela. Unos leyeron una tricotomía — «todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo» (1 Tesalonicenses 5:23), y esa Palabra que «penetra hasta partir el alma y el espíritu» (Hebreos 4:12)—: tres dimensiones. Otros leyeron una dicotomía — lo material y lo inmaterial, y «alma» y «espíritu» como dos nombres de una misma hondura—. No tomo partido de academia; me quedo con lo que ambas lecturas comparten y que a mí me basta: somos más que carne, y ese «más» es real, no decorado.

Y como la filosofía caminó al lado, te dejo la escalera en cuatro peldaños, un autor por escalón, sin subirte a ninguno a la fuerza. Platón, en el Fedón, imaginó el alma que preexiste al cuerpo y lo sobrevive — el cuerpo como un vestido temporal que el alma se quita—. Aristóteles, en De Anima, corrigió el rumbo con una idea que a mí me ancla: el alma no es un fantasma dentro de la máquina, es la forma de lo vivo — aquello que hace que un cuerpo esté vivo y no sea un montón de materia—; alma y cuerpo no son dos cosas pegadas, son una sola cosa viva. Tomás de Aquino tendió el puente que sostiene mi fe con razón y no solo con dogma: el alma es forma del cuerpo y, a la vez, subsiste — de modo que se puede ser una unidad viviente aquí y, sin embargo, esperar algo más allá—. Y Descartes, ya en la puerta de lo moderno, volvió a partir en dos lo que Aristóteles había unido —la cosa pensante y la cosa extensa—, y nos legó el problema mente-cuerpo que hasta hoy nadie ha cerrado; lo nombro y no abro el expediente, porque este libro cree, con Aristóteles y con Tomás, en la unidad. Mi fe declarada —que hay ser más allá de la vida— no la fundo aquí en la neurociencia; la fundo donde ya la fundé, en aquel «se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual» (1 Corintios 15) que trabajé contigo en el capítulo del renacer. Tomás me da el andamio de la razón; Pablo me da la esperanza. Y el don vergas, que cuida el carrazo y descuida el alma, está descuidando — sin saberlo— la única cosa que se lleva puesta cuando todo lo demás se queda.

Aquí es donde este capítulo se levanta de la silla, porque no vino a describir el vicio sino a salir de él, y esto —te lo advertí— es un capítulo de acción, no una leyenda de superación. La salida tiene un movimiento y lo tomé prestado del capítulo hermano: morimos en nuestros defectos y renacemos en nuestras virtudes — dejamos de ser el ingeniero, el científico, el maestro que nos servía de máscara, y empezamos a ser, simplemente, el individuo; cultivamos en nosotros al hombre y dejamos atrás al animal—. Y no por decreto ni por buenos deseos, sino con un plan: uno que transforma vicios y malas costumbres en virtudes y buenos hábitos, uno a la vez, con la paciencia del que construye y no del que promete.

La ciencia hasta nos regaló la herramienta exacta, y es hermosa por lo sencilla. Si razonamos mejor los problemas ajenos que los propios —la paradoja de Salomón—, entonces la salida es darle la vuelta al truco: aconséjate como aconsejarías a tu mejor amigo. Sácate un paso de ti mismo, háblate por tu nombre, mírate desde afuera con la misma prudencia que repartes gratis en la sobremesa — y por fin gasta en tu propia vida el buen consejo que llevas años regalando—. El don vergas tiene la sabiduría; solo la tiene apuntada hacia afuera. Voltéala.

Pero cuidado con una trampa, porque es fina y es la que decide todo. Alinear los pensamientos no es sentarse a fantasear un futuro «donde yo soy el mejor» — ése es, exactamente, el vicio, no el plan—. El «mañana lo hago, yo puedo, soy el mejor» es la misma catástrofe que ya le colgamos al animal: vivir en el yo-futuro para no ser nadie hoy. Y este libro no le cree al yo-futuro — te lo he dicho desde el principio: no eres lo que juras que serás, eres lo que haces y repites hoy—. Por eso no alineamos para quedarnos en una búsqueda permanente, ni para atender con urgencia y aspaviento cada problema; alineamos para hacer, como me gusta decirlo, el delivery consciente — la entrega de hoy, la tarea cumplida en presente, el fruto puesto sobre la mesa y no prometido para la próxima cena—. Progreso constante, no perfección; intención y entrega, las dos palabras. Porque la meta no es llegar a ser perfecto — esa es otra fantasía del don vergas—; la meta es entregar hoy, y otra vez mañana, y así ir levantando, piedra sobre piedra, la pirámide de la autopertenencia: la vida que sí te pertenece porque la habitas, no la que solo aparentas porque la decoras.

Y déjame amarrar un hilo que viene de lejos, de la saudade. Uno no aprecia lo que tiene hasta que lo ve perdido — así estamos hechos, y es una lástima—; pero hay un remedio, y es hacerte consciente del progreso mientras lo vives, no cuando ya se fue. Si cada entrega consciente la disfrutas en el momento, si la habitas en vez de correr hacia la siguiente, entonces no tendrás que perderla para valorarla: la saudade deja de ser nostalgia de lo perdido y se vuelve gratitud de lo presente. Ése es el don vergas curado — no el que dejó de saber, sino el que por fin se aplicó a sí mismo lo que sabía, y encontró que la vida no se gana ganando la discusión, se gana habitándola—.

Y cierro donde tú, al dictarme este capítulo, quisiste cerrar: con el Tao. No por moda ni por adorno oriental — lo trajiste tú, y se cita de su fuente—. El Tao Te Ching llama wu wei a «actuar sin forzar»: no es pereza ni pasividad, es no interrumpir lo que no te corresponde y ejecutar limpio lo que sí — «en el no-hacer, nada queda sin hacer»—. Y resulta que nuestra propia casa estoica dice lo mismo por el otro río: Epicteto abre su manual distinguiendo lo que depende de nosotros de lo que no, y toda la serenidad cabe en poner la fuerza donde sí cabe y soltar lo demás. Dos ríos, una sola agua: haz lo que te toca, deja hacer lo que no te toca.

Lo asombroso es que ese mismo Tao Te Ching, hace veinticuatro siglos, ya había retratado al don vergas sin conocerlo: «el que se exhibe no brilla; el que se justifica no resplandece; el que se jacta no tiene mérito; el que se enorgullece no perdura» (capítulo 24). No hacía falta esperar a Ramos ni a Dunning: la humanidad conoce a este personaje desde siempre, y siempre supo que el ruido no es fuerza. Epicteto lo dijo con una imagen de campo que me quedo para el final: las ovejas no vomitan la hierba delante del pastor para demostrar cuánto comieron — la digieren en silencio, y dan lana y leche—. Ahí está, entero, el reverso del don vergas. No presumas la hierba. Da lana y leche. No proclames tus principios: muéstralos en obra, porque tus hábitos hablarán por ti aunque te quedes callado — y hablarán mejor—.

Toda la filosofía de este libro, si tuviera que apretarla en tres verbos, cabe aquí: pensar, actuar, habitar. Piensa —y cuida tus pensamientos, que ahí empieza todo—. Actúa —y cuida los resultados, que ahí se prueba—. Y con buenos hábitos, habita tu vida —que ahí, por fin, se vive—. Lo demás es sobremesa. Yo te lo digo como me lo digo a mí mismo cada día: amoroso, porque nos lo debemos; duro como un padre, porque el cariño sin filo no levanta a nadie; y sabio como un abuelo, que ya vivió lo suficiente para saber que la vida no se le gana a nadie — se le entrega a uno mismo, un día consciente a la vez—.

0:00 0:00
Consejos vendo y para mí no tengo