El hombre o el animal: quién soy si no he renacido

Déjame presentarte a alguien. Es el que todas las puede. El que manda. El del gran carácter, que entra al lugar y lo llena, que invita la ronda, que tiene una opinión más fuerte que la tuya sobre cualquier tema y una historia mejor que la tuya sobre cualquier cosa. El necio engreído que confunde su orgullo con crecimiento. Se compara contra todos y siempre gana, porque el torneo lo organiza él. Vive bajo la santísima trinidad de la catástrofe: «mañana lo hago, yo puedo, soy el mejor». Yo lo conocí de cerca —más de cerca de lo que quisiera, y en el capítulo de mi recuperación ya te confesé el territorio, así que no voy a repetir la historia—; lo que quiero hacer aquí es otra cosa: mirarlo de frente, con compasión y sin miedo, y llamarlo por su nombre. Ese es el animal. Y la pregunta de este capítulo, que es quizá la más honda del libro, es esta: ¿quién soy yo si no he renacido — el hombre o el animal?

Para pensarla necesito contarte la historia de un hombre que fue a hacer esa misma pregunta de noche. Se llamaba Nicodemo. Era fariseo, miembro del Sanedrín, «el maestro de Israel» — un hombre que lo tenía todo resuelto en el organigrama de su vida, y que sin embargo salió a oscuras, cuidándose de no ser visto, a buscar a un carpintero itinerante porque algo no le cuadraba por dentro. Y recibió la respuesta más desconcertante del evangelio: «el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Nicodemo, que era erudito y literal, preguntó lo obvio: ¿cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre? La confusión no fue torpeza: fue una trampa hermosa del idioma. La palabra griega del pasaje, anōthen, significa a la vez «de nuevo» y «de arriba». Nicodemo oyó lo primero —repetir el nacimiento, esfuerzo propio otra vez— y Jesús decía también lo segundo: un nacimiento que viene de arriba, «el viento sopla de donde quiere». Guarda ese doble sentido, porque al final del capítulo vamos a necesitar las dos mitades.

Pero lo que casi nadie predica de Nicodemo es lo que más me importa: no renació esa noche. El evangelio de Juan lo trae de vuelta dos veces más, y las tres escenas juntas dibujan otra cosa que un rayo de conversión. En la primera va de noche, escondido, haciendo preguntas. En la segunda, tiempo después, da medio paso: en pleno Sanedrín, cuando quieren condenar sin juicio, se atreve a un tecnicismo — «¿juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye?» — y le llueve el desprecio de sus colegas. Y en la tercera, después de la cruz, cuando los discípulos públicos habían huido, el hombre de la noche aparece a plena luz del día cargando cien libras de mirra y áloe para darle a un condenado sepultura de rey. Ahí, y no antes, sabemos que renació. Su renacer no fue un evento: fue un proceso — noche, medio paso, luz plena—. San Pablo lo dice con una gramática exacta que me encanta: el hombre nuevo «se va renovando». Gerundio. Y aquí el individuo habita su acción: decide conscientemente la serie de pasos que hay que trabajar, porque se reconoce parte del todo. Esto es filosofía, esto es existencial — no una condición meramente energética: el espacio está dado para el crecimiento personal, y qué mejor que guiarlo conscientemente, en vez de gastarse la vida en luchas por todo y para todo —que si el carro, que si la casa, que si los estudios, que si el préstamo— mientras aplazamos, incondicionalmente, el único nacimiento que nos tocaba atender.

Ahora vuelvo al animal, porque le debo una precisión que me cambió el capítulo mientras lo pensaba. Mi primer impulso —lo dicté así, con todas sus letras— fue decir que a ese pensamiento hay que matarlo, reducirlo a cenizas. Y hay tradiciones para cada verbo: Platón propone gobernarlo —en la República imagina el alma como una criatura compuesta: una bestia de muchas cabezas, un león y un hombre interior, y llama justicia a que el hombre interior lleve las riendas—; la psicología profunda propone integrarlo, hacer las paces con la sombra. Pero cuando me puse en verdad delante de mi propia historia, ninguno de los tres verbos me alcanzó. Porque nosotros nacimos animales. No es metáfora: llegamos como criaturas de instinto y crecimos por nuestro entorno, rodeados de condiciones de vida que nos mantuvieron ahí — y no dejas de ser lo que eres por decreto. No matas quién eres. No gobiernas quién eres. Lo evolucionas. Si hay algo que puede representarnos el tiempo es la evolución, y eso hace el renacido con su animal: no lo asesina —se quedaría sin fuerza—, no lo encadena —se quedaría sin paz—, lo evoluciona, porque conscientemente es una mejor persona. No porque te integraste, no porque te mataste: porque eres mejor, y eres mejor como resultado de cuidar tus pensamientos, tener buenas acciones y construir buenos hábitos — porque habitas tu ser, y con ello logras ser un verdadero hombre, construido con la pasión de vida que te integra, con el deseo ardiente de vivir y reconocerte vivo, consciente y autohabitado. Hasta la Escritura guarda esta cortesía con el animal: la vieja Reina-Valera opone el «cuerpo animal» al «cuerpo espiritual» y llama al primero siembra del segundo. Lo que se siembra no se odia. Se cultiva hacia arriba. Kant lo dijo a su manera seca y perfecta: el mal no está en la animalidad; el animal no es culpable. Culpable es el hombre que le entrega el gobierno.

Una palabra sobre el vocabulario, porque me importa la precisión y aquí es fácil resbalar. Al carcelero interior de este capítulo lo llamo ego: el falso yo, el personaje construido que se defiende, se compara y se ofende — el vocabulario de la tradición espiritual, del Vedanta a nuestros días. No lo confundas con el «superyó» del psicoanálisis, que es casi su contrario: el juez interno de la culpa y el deber. Son mapas distintos de la misma selva, y de Freud me quedo solamente con una imagen prestada, con su crédito: el yo como jinete que debe refrenar la fuerza superior de su caballo. El caballo es más fuerte. Siempre fue más fuerte. Jinete no es el que tiene el caballo débil: es el que aprendió a ser jinete.

Y aquí entra la figura que me rondaba desde el principio: el dragón dormido. Primero, la higiene de citas de esta casa, porque esta imagen circula por internet vestida de toga: no está en Marco Aurelio ni en ningún estoico —lo verificable y antiguo es la bestia interior de Platón; lo cristiano es el dragón del Apocalipsis; lo moderno es la sombra de Jung, el Smaug de Tolkien y, muy exactamente, el «cuerpo del dolor» que Eckhart Tolle describe dormido hasta que algo lo despierta y se alimenta de drama—. Dicho esto, te confieso que la versión que más me interesa del dragón no es la de mantenerlo sedado. Es esta otra, que descubrí dictándola: el dragón despierta cuando te conviertes en hombre. Porque el dragón no era solamente tu rabia y tu vicio — era tu fuerza sin gobierno, tu potencial en bruto rugiendo en el sótano. El animal evolucionado no es un animal muerto: es todo ese fuego, por fin, con dirección. Y muchas de las veces, con el poder llega también la responsabilidad — creo que aquí estoy citando al Hombre Araña, y en un libro que ha citado a Aristóteles y a San Pablo no me da vergüenza citar bien una verdad, venga de donde venga—. El premio mayor debe despertar conciencia: estar alineado, tener los centros en tu mano, ser coherente con tus ideas y con tu pasión de vida. Es como reconocer ese gran esfuerzo que te hace ser feliz. Es como saber que cerrar los ojos te lleva a sentir el latido de tu corazón — y que también eso te hace feliz, porque estás en un espacio seguro que tú creaste bajo diseño: con una disciplina, con una lista de tareas, pero por sobre todo, con calma.

Falta la segunda mitad de anōthen, y es la más delicada, así que la digo despacio. ¿El renacer es obra tuya o es obra de arriba? Mi respuesta, la que sostiene este libro desde el primer capítulo, es que es obra de los dos, y cada quien cumple su parte del contrato. Yo lo creo así: Dios cumple con entregarte la fuerza divina de permitirte amanecer cada día — el regalo bruto de un día más de tiempo y de espacio, el viento que sopla de donde quiere—. Pero eres tú quien deberá actuar, quien deberá ser, quien deberá tomar las decisiones; y muchas de las veces, la decisión más alta es decidir con Él. Se habla mucho del libre albedrío: tienes libertad de escoger todo aquello que sea de tu interés — pero definitivamente no todo lo que está por elegir es correcto, y la libertad de escoger no incluye la libertad de escapar de las consecuencias. Este no es un libro religioso —es un libro de filosofía y del ser—, pero corro con gusto el riesgo de decirte que yo, particularmente, soy creyente; creo que siempre lo he sido y siempre lo seré. Y en el fondo de mi corazón, la única elección que me ha resultado prudente es elegirlo a Él. «Con Dios todo, sin Dios nada», decía una expresión de mi tierra. El renacer, entonces, es consciente y con permiso divino: ni la gracia que cae sobre un hombre dormido, ni el músculo que se levanta solo. Co-creación, otra vez — la misma del primer capítulo, ahora aplicada al nacimiento más importante.

¿Y cómo se sale, en la práctica, del lado animal de la línea? Con lo que en mi noche más oscura aprendí a llamar decisiones de Luz. No son grandes gestos: son la serie de pasos que hay que trabajar. Escucharte — dejar de escuchar a la gente que no importa y empezar a escucharte a ti. Nombrar — ya sabes, desde la saudade, lo que la palabra exacta le hace a la niebla. Decidir — hoy, no mañana, porque ya pagamos juntos esa deuda. Y repetir, porque el renacer no se firma: se practica en gerundio, «se va renovando». Con el tiempo te das cuenta de que has renacido no por un certificado ni por una fecha, sino por una evidencia humilde: ya no dejas que esas viejas historias y esos egos se proyecten. El que todas las podía ya no contesta por ti. La línea entre el individuo y el hombre —entre la parte animal del ser y el ser superior— es delgadísima, y lo más desconcertante es que sigue siendo la misma persona: mismo nombre, mismas manos, misma historia. Uno cultiva fe, amor, respeto y familia. El otro vivía comparándose contra todos. La diferencia entera cabe en quién lleva las riendas esta tarde.

Por eso la pregunta del título no se responde una vez, ni se responde de noche, como quería Nicodemo. Se responde como la respondió él: a la luz, cargando el peso, cuando dar la cara cuesta. ¿El hombre o el animal? No me digas quién serás cuando renazcas — el «yo futuro» ya sabemos en qué industria trabaja. Dime quién gobierna hoy. Porque si la respuesta es «el hombre», aunque sea apenas, aunque sea con las riendas temblando, entonces ya volviste a nacer — y el dragón, despierto y tuyo, por fin trabaja para la Luz.

0:00 0:00
El hombre o el animal