El rincón oscuro de la miseria

Conozco un rincón. Está en la esquina de un cuarto cualquiera —a veces es una sala, a veces una oficina, a veces el asiento de una troca estacionada— y tiene una propiedad extraña: desde ahí se ve todo. Se ve la llamada que habría que hacer, el proyecto que habría que empezar, la conversación que habría que tener. El porvenir —el siguiente paso de tu propia evolución— se ve a leguas desde ese rincón. Y sin embargo, el que está sentado ahí no se levanta. Yo estuve sentado en ese rincón durante años. Eran los años de «mañana seré mejor», y ya te conté lo que esa frase me costó; lo que no te he contado es la postura del cuerpo con que se pronuncia. No se dice de pie. Se dice sentado en el rincón oscuro, con los brazos cruzados, esperando que alguien —un socio, un golpe de suerte, Dios mismo— viniera a hacer por mí lo que me tocaba a mí. Y desde ahí, te lo digo porque lo viví: nos victimizamos con todos y por todo.

Lo primero que hay que entender del rincón es que nadie te encierra en él. El carcelero es más sutil: es el ego, que tuerce todo y fabrica dilaciones con una productividad admirable. Que faltan pasos. Que faltan estudios. Que eso está muy complicado y mejor que venga alguien que sepa. El ego es un abogado brillante con un solo cliente —tu inmovilidad— y nunca pierde un caso, porque el juez también es él. Yo conozco sus alegatos de memoria: por falta de atención en mi propio entorno, incluso en el más cercano, me autosaboteaba, perdía el balance y el equilibrio, y en lugar de descubrirme como individuo para crecer, dilataba en vicios y malos comportamientos. No buscaba mi bienestar, ni mi salud, ni mucho menos mi crecimiento espiritual. Y así se dejan de cuidar las cosas importantes y los grandes tesoros que tiene la vida: la familia, la salud, el desarrollo propio y todo el éxito por venir.

La ciencia de esto existe, y es más dura de lo que parece. Durante medio siglo se enseñó que la pasividad se aprende: que el organismo, golpeado sin salida, «aprende» que nada depende de él y se rinde —la famosa indefensión aprendida de Seligman—. Pero en 2016, Maier y Seligman revisaron sus propios experimentos con las herramientas de la neurociencia y firmaron una de las retractaciones más elegantes de la psicología moderna: la pasividad no se aprende; es el estado por defecto del cerebro ante la adversidad prolongada. Lo que se aprende es el control. Léelo otra vez, porque invierte cincuenta años de intuición: nadie necesita clases para quedarse en el rincón. El rincón es la posición de fábrica. Lo que requiere aprendizaje, circuitos nuevos, repetición —lo que requiere, en el vocabulario de este libro, hábito— es levantarse. Y hay más: la psicología reciente describe la victimización como algo que puede volverse identidad —la tendencia a la victimidad interpersonal, la llaman: necesidad de que reconozcan tu herida, rumiación de la ofensa, superioridad moral del lastimado—. El rincón, habitado el tiempo suficiente, deja de ser un lugar donde estás y se convierte en alguien que eres. Y ese es exactamente el punto donde este libro tiene que intervenir, porque su tesis entera dice que eres lo que haces y repites hoy.

Ahora viene la parte del capítulo que me ha rondado durante años, y te la voy a dar con la misma honestidad con que verifiqué mi propia frase. Hay una palabra que se pronuncia mucho desde el rincón: misericordia. Y quiero hacer con ella algo deliberado. La etimología real es hermosa: miser —mísero, desdichado— y cor, cordis —corazón—: el corazón vuelto hacia el mísero. La tradición entera la respalda, y la respalda bien: el hebreo tiene hesed, el amor leal de pacto que actúa, y rajamim, plural de «útero» —la compasión visceral, de entraña materna—; el griego del evangelio tiene eleos, el que gritó el ciego Bartimeo y el que murmuró el publicano. La misericordia bíblica no es lástima: es compromiso que actúa y entrañas que se conmueven. Esa es la acepción verdadera, y no vengo a corregirla. Vengo a leerla al revés, a sabiendas, porque la palabra guarda en su raíz una advertencia que casi nadie quiere ver: miseria y misericordia comparten sangre. Y hay una manera de pedir misericordia que es, letra por letra, pedir miseria: la del que pide para no actuar. La del que le ruega a Dios las sobras y las dádivas porque no se cree capaz de concretar nada CON Él. La del que dice «si tan siquiera fuera una miseria la que Dios pusiera en mis manos» — y ahí está, completa, la teología del rincón: no creerse merecedor de algo mejor, no creerse socio de la creación, ampararse en la miseria y llamarle humildad.

Sé lo que me vas a responder, porque me lo respondí yo mismo durante años: el publicano de Lucas 18 pidió misericordia y salió de ese templo justificado, mientras el fariseo de los méritos salió vacío. Es verdad, y no pienso esquivarlo. Pero mira bien la escena: el publicano no pedía sobras. No estaba negociando su inmovilidad. Se ponía en verdad delante de Dios —«soy esto», sin maquillaje—, y ponerse en verdad es un acto, quizá el más difícil de todos; es el mismo acto con que empieza toda recuperación, incluida la mía. La miseria no está en reconocerse; está en pedir para no actuar. El que pide misericordia sin accionar, sin participar, sin hacerse propio de la cuestión que hay que resolver, no está alineado con su propio espíritu ni con sus logros: busca el apoyo externo, ciego, deshabitado, sin cuidar sus pensamientos y mucho menos sus acciones, esperando un milagro que caiga del cielo ya cocinado. A esa petición le falta todo lo que este libro defiende: le falta acción, le falta penetración, le falta profundidad humana. Desde mis primeras páginas te hablé de dos palabras que me devolvieron la vida —intencionalidad y entrega—, y son exactamente las que el rincón no pronuncia jamás. Por eso mi oración, cuando aprendí a orar de pie, cambió de gramática: no «ten misericordia de mi pequeñez», sino abunda en mí. Obra conmigo. Construye conmigo. Dame la sabiduría y la fortaleza para reconocer esta situación y avanzar. No pedir el pescado ni la red: pedir el pulso firme, y poner las manos.

Aquí debo hacer una pausa de higiene intelectual, porque esta crítica a la súplica tiene primos, y ya sabes que en esta casa los parentescos se declaran. La corriente del New Thought —Ernest Holmes, Wallace Wattles, Neville Goddard— lleva un siglo diciendo que suplicar afirma la carencia y la perpetúa, y hasta ahí caminamos juntos. Pero este libro ya clasificó a esa corriente, en el capítulo del humo, donde pertenece: en el estante del pensamiento mágico. Y no me retracto. La diferencia está en los eslabones. Ellos proponen pensamiento→resultado, sin nada en medio: desear algo y que nomás apareciera, sin lineamiento, sin orden y sin seguimiento — eso sería magia, y la magia es la miseria con mejor mercadotecnia, porque también espera sentada. Lo que yo sostengo lleva los eslabones completos y sudados: piensas y haces. Deseas y, por ende, construyes. Pensamiento, acto, hábito — la cadena entera del lema, con el trabajo adentro. La co-creación no es manifestar: es labrar. Génesis lo dice sin adorno: el hombre fue puesto en el huerto para que lo labrara — no para que le pidiera peras al huerto desde la banca.

Hay una cosa más que el rincón cobra, y la digo con el mismo cuidado con que te di la saudade. Estoy convencido —y esto es visión mía, no medicina; te lo marco con todas sus letras— de que el cuerpo se desalinea antes de nivel energético que físico, y que ese desalineamiento silencioso es el triste porvenir de la enfermedad. La ciencia de hoy no respalda esa formulación; lo que sí tiene demostrado, con décadas de psiconeuroinmunología y de carga alostática, es su prima hermana: el desorden invisible precede al síntoma visible. La angustia sostenida, el rencor rumiado, la victimización crónica no se quedan en el alma — cobran en cortisol, en presión, en inmunidad, en sueño. La emoción desalinea el cuerpo mucho antes de que el cuerpo duela. Quédate con la versión que tu escepticismo te permita; cualquiera de las dos te dice lo mismo: el rincón no es gratis ni siquiera para el cuerpo que lo ocupa.

¿Y cuál es la salida? No es un rescate; es una gramática nueva. Habitar. Esa palabra que ya viste nacer en este libro y que aquí muestra su cara completa: habitar la vida es el resultado de buenos pensamientos, buenas acciones y buenos hábitos. Nos abrazamos conscientemente —con amor, dedicándonos el tiempo para entendernos y decidir qué nos pasa— y buscamos tomar acción. Distinguimos entre las personas que nos quieren hacer daño y las que ni siquiera nos prestan atención; descubrimos rápidamente a aquellas que nos dilatan y retrasan nuestro caminar —de esto hablaremos largo en el capítulo del Amigo—, y por ello buscamos en lo íntimo, a través de la oración o de la meditación, los espacios correctos para crecer. Este no es un libro religioso; tiene, sí, unos pequeños sesgos de amor espiritual, y los abrazo presentemente: para mi propio crecimiento, para estar aquí para las personas a las que amo y a las que pretendo entregar mi tiempo y mi dedicación consciente.

Al final, todo el capítulo cabe en una imagen que llevo años queriendo escribir. El que se sienta en el rincón oscuro espera que alguien encienda la luz. El que se levanta entiende que él es la vela. Y la respuesta a la plegaria del rincón —«si tan siquiera fuera una miseria la que Dios pusiera en mis manos»— llevaba toda la vida dada, escondida en la propia frase: lo que Dios puso ahí no es una miseria. Son las manos.

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El rincón oscuro de la miseria